Un paseo en taxi


Nuevo día, nuevo viaje. Dos pasajeros entran y otros se van. Piazza dei Cinquecento, lugar
de idas y vueltas, llegadas y salidas, en frente de la estación Termini de Roma.
Cappuccino en el Caffé Trombetta y un cannolo en el bar de al lado, con delicias sicilianas.
Luego monté en mi taxi y me puse en la cola. En la cola, esperando a algún diputado con
prisa, a algún turista alemán al que llevar hacia Trastevere que no sepa como llegar allí con
las maletas, a algún padre que vaya a ver a su hijo, que estudia lejos de casa y que diga:
“Esta vez me permito un lujo, voy a coger un taxi!” Y es verdad, es un lujo, para mi, algo
de lo que no puedo prescindir. Paso por el carril rápido, atravieso la ciudad más bonita del
mundo, como un privilegiado.
Y ahora el político que tiene que llegar corriendo al Senado, al lado de Piazza Navona, no
se da cuenta de que he cambiado de ruta para que pueda disfrutar de las columnas
iluminadas a través de las primeras luces del amanecer en Largo Argentina. No consigue
ver que en el momento en el que hicimos la rotonda más bonita de Roma, en Piazza della
Repubblica, si solo se hubiese asomado un poco, habría visto que la estatua de Altare della
Patria parecía triunfar en el cielo, al final de Via Nazionale. Cogemos el taxi como si fuera
un lujo, pero sin disfrutar de ese lujo. Y entonces pienso en la suerte que tengo yo por saber
disfrutar de la belleza de mi alrededor. Nunca entenderé por qué el hombre tenga el poder
de ser tan inteligente, de inventar nuevas teorías físicas, de llegar a la luna, de poder
imaginar y analizar la realidad gracias a las grandes novelas, de poder tocar el cielo a
través de la filosofía y penetrar en la tierra gracias a la geología, pero que luego no sepa
disfrutar del sol que te calienta la piel mientras paseas por rione Monti, de la lluvia repentina
que te obliga a buscar refugio bajo las columnas de San Pietro, entre los pocos porches de
toda la ciudad. Descubrió cosas increíbles, el hombre, y a pesar de ello no consigue
apreciar el panorama desde la ventanilla de un taxi, que te pasea por el río Tevere, y que, al
pasar cerca del Coliseo, te lleva hasta el Circo Massimo para luego ir hacia la isla Tiberina
y admirar la Sinagoga del gueto judío. Y su cúpula me emociona tanto como la cúpula que
veo cuando voy hacia Castel Sant’Angelo. Pero a ellos no les importa. Llévame a un lado,
llévame al otro. Para ellos solo son lugares, pero cómo explicar que han sido todos teatros
de guerra, de arte, de bombardeos, si vas hacia el barrio de San Lorenzo? Cómo explicarles
que hace tiempo, paseando por Via Vittorio Veneto, habrías visto a Fellini divirtiéndose en
frente del hotel Excelsior? Cómo demostrarles que si sigues por aquella calle de estrellas
llegas a Villa Borghese, donde los personajes de Pasolini iban en busca de experiencias
nocturnas? Y yo, con mi taxi, pasando por ahí, aún me emociono viendo atardecer los foros
imperiales o piazza Trilussa llena de jóvenes, los colores del barrio Garbatella y el Gianicolo
por la noche, cuando acompaño las parejitas que se besan bajo la valiente mirada de
Garibaldi.
Pero aquí están, los dos turistas que acaban de entrar, mirándote irritados porque no has
subido sus maletas en seguida como ellos querían, porque tu inglés no es perfecto y te
miran con cara de superioridad, porque claro, tu eres su cochero y por eso tienes que ser
educado, humilde y amable. Pero cuánto me gustaría contar sobre esta ciudad, cuando me
gustaría decirles de levantar los ojos de esas redes sociales que solo te enseñan lo que los
demás están comiendo o lo que compraron. Me gustaría decir: sois una pareja, en la
ciudad más bonita del mundo, levantad la cabeza, levantad la mirada y enamoraros locamente. Me gustaría aconsejarle lugares para llevarla a cenar, para llevarla de paseo, en
que callejuelas enseñarle una iglesia con Caravaggio, escondido en muchas pequeñas
iglesias de Roma. Entrar en piazza Sant’Agostino. Pero para qué? Y mientras estoy
pasando cerca del teatro Marcello, pienso que la belleza está justamente destinada a quien sabe mirar, el verdadero amor solo a quien lo puede sentir y Roma a quien tiele el coraje de soñar.

Published by Grandi Storielle

Siamo sei ragazze, Carola, Celia, Hannah, Livia, Morena e Sara che si sono conosciute in Erasmus a Chambéry e hanno ora deciso di mettere a disposizione la loro piccola ma grande arte per tutti.

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