La casita en el bosque

En el pequeño pueblecito de montaña no se hablaba de otra cosa. Alguien había vuelto a vivir en la casita del bosque. Marco y Luca juraron que lo habían visto con sus propios ojos: el humo salía de la antigua chimenea, las habitaciones estaban iluminadas y una canción retumbaba por todo el bosque, llevada por el viento. Esta pequeña casita estaba justo al lado de una de las cordilleras más bajas de la región, entre el final del bosque y las montañas: el eco no podía faltar. A todos los chicos del pueblo les parecía imposible pensar que alguien hubiese vuelto a vivir en ese lugar. Ellos solían ir por la noche, lo usaban como lugar de encuentro, para llevar a sus primeras novias o para jugar al escondite. Además, se habían inventado incluso ‘’El juego de la casa abandonada’’. Consistía en una prueba de valor a la que todos los chicos del pueblo tenían que enfrentarse: pasar una noche entera, solos, en ese hogar. Lo consideraban la real transición de la adolescencia a la madurez. Si conseguías hacerlo ya no eras un niño, eras un hombre.
‘’¿Quién podría haber vuelto a vivir ahí? ¿El viejo dueño? ¿Ese loco?’’. Elena se quedó pensando mientras miraba por la ventanilla del autobús, con indiferencia. ‘’Además, ¿quién dice que está loco? Los típicos paisanos. Odio este sitio, estos hombres tan irritables, chafarderos, falsos, tan malos. Por cierto, sinceramente yo sí que viviría en esa casita. Claro que sí. ‘’ Sabrina entró en el autobús, sonreía a todo el mundo pero con los ojos afilados vigilaba, hacía comentarios, juzgaba. Elena quería pasar de ella. Se había parado cerca de ella, se había unido a un grupo de chicos que gritaba, con la música a tope. ‘’Como le gusta que la miren, vaya suerte eh..’’. De repente bajó el volumen de la música y sus voces eran las únicas que se oían en todo el autobús: estaban hablando de la casita en el bosque: ‘’El loco ha vuelto, sí, el loco cornudo’’. Todos se rieron. ‘’Ese viejo nos quiere quitar nuestra casa de diversión y de ocio, pero yo iré igualmente, puede que encuentre a su mujer..’’ ‘’Total, ella quiere estar con todos menos con su marido’’. Algunos de ellos lloraban de la risa. Elena bajó del autobús, sin saber en qué parada se encontraba. ‘’Mejor ir andando que con esta gentuza.’’ Esto era lo que pensaba, mientras sonreía y saludaba a Sabrina, que desde el autobús le hacía señas y le mandaba besos. Caminando, miraba a la gente. Veía a todos tan feos, tan ocupados con asuntos inútiles, tan tristes a pesar de no saber nada de la verdadera tristeza. Se identificaba con ellos, deseaba encontrar algo interesante, pero veía todo monótono, insignificante y… triste.
Veía amigos que hablaban mal los unos de los otros, continuas traiciones, parejitas que no estaban ni enamoradas, pero sonreían. Pero era normal, se lo habían avisado – Eres joven, pasatelo bien.- ‘’Entonces, ¿por qué tengo que mostrar al mundo que soy feliz, si yo, en verdad, no lo soy realmente?’’. Entonces se paró. Marcello la miraba desde lejos. Siempre había tenido curiosidad por esa chica tan diferente a los demás, encerrada en su mundo, lejos de todo y de todos. Pero ella no lo veía, como siempre. O por lo menos, él pensaba eso. Elena de repente se paró. Abrió el bolso y se aseguró de tener su libro con ella.
‘’Yo no voy a volver a casa. Me paso por el lugar de siempre.’’ Levantando la mirada vio a Marcello, le sonrió, sin más, y se dio la vuelta. Antes de ir por la calle que llega hasta el centro del pueblo, existía este pequeño camino que llegaba al bosque. Había una piedra bastante lisa, muy grande, que cayó de la montaña y llegó a un árbol. Ese era el ‘’lugar de siempre’’. Se tumbaba ahí, con el bañador y se quedaba leyendo toda la tarde. Muchas veces se quedaba hasta la noche, sin preocuparse por quejas y llamadas por parte de los padres. Pero esta vez esa piedra estaba ocupada. Un señor, un señor muy guapo, de unos

50 años, sin camiseta, fumaba un cigarro mientras tarareaba una canción. Elena, con paso firme, se acercó y segura de sí misma preguntó: ‘’¿ Y tú quién eres?’’
El señor, que nosotros sabemos que se llama Gianni, levantó la cabeza, para luego volver a agacharla y después de un largo suspiro exclama: ‘’ Soy el loco cornudo’’. Elena rebatió sin miedo: ‘’Ah, bueno, encantada. Yo soy la solterona loca’’. Gianni la miró, ‘’¿Tu, soltera? Si tienes 16 años.’’ ‘’Tengo 20.’’ ‘’Ah, vaya diferencia. ¿Y estás soltera porque estás loca?’’ ‘’No, estoy loca porque estoy soltera.’’ ‘’Entonces no es tan grave, si piensas en que yo estoy loco porque me han puesto los cuernos.’’ Los dos se ríen. ‘’Pero tú no pienses en eso, en lo que los demás piensan en este pueblo tan pequeño. Tu tienes que abrir la mente, no pienses en el pueblo, piensa en el mundo entero.’’ Elena tenía curiosidad: ‘’Yo tengo mi mundo, ¿no lo ves? Aquí está.’’ La chica sacó su libro. ‘’Bien, muy bien. Si te quedas en silencio, mi mundo se puede oír.’’ Los dos dejaron de hablar. De repente se escucha una canción, o mejor dicho una melodía, pero no muy fuerte. ‘’Es la radio de mi casa… ¿Y sabes qué? Vamos a ir, vamos ven. Te tengo que explicar una cosa.’’ Los dos se pusieron de camino, en silencio absoluto. Elena tenía cogido su libro con la mano derecha y Gianni miraba al cielo. A medida que se acercaban a la casa, el volumen de la música aumentaba. Y ahora, que Elena estaba dentro de la casa, ya estaba enamorada de ella. Estaba llena de libros, llena: en la cocina, en el baño, en el armario. Y luego habían hojas esparcidas por todas partes, eran partituras. “Entonces es verdad que estás loco”. “Sí, lo estoy.” La dejó vagar por la casa, y vió que sus dedos, cada vez que tocaban una superficie, llevaban el tiempo, pulsando el ritmo sobre ella. “Elena, ven aquí. Tengo que decirte algo importante.’’ Elena se sentó al lado del piano, Gianni se sentó en frente. “Te diré algo. Y tienes que escucharme bien. Tu mundo es la literatura. Mi mundo era Anita. Nos conocimos en África. Yo acababa de dejar a mi esposa. Era un hombre roto. Vivíamos en el pueblo, nos acabábamos de casar cuando descubrí toda una serie de traiciones que habían ocurrido ante mis ojos, sin que me diera cuenta. ¿Sabes quién me lo dijo? ¿O mejor, sabes quiénes me lo dijeron? Nuestros simpáticos paisanos. Pensando que era consciente de todo, ya que las traiciones ocurrieron antes de la boda, me lo contaron un día en el bar, bromeando. Estaban convencidos de que yo lo sabía, pero que la había perdonado y que luego nos íbamos a casar igualmente. Estaba destrozado.
¿Y sabes esa sensación de rabia tan fuerte, tan desgarradora que se convierte en una profunda decepción? Aquella por la que vas a casa y no le dices nada. Aquella por la que no encuentras una sola razón para volver a dormir con ella, aunque sea por una noche. ¿Y entonces sabes lo que hice? Hice algo que para ellos era una locura. Me fui de casa. Sin decir una palabra a nadie. Me escapé esa misma noche. Ni siquiera tenía una maleta conmigo. Sólo los documentos. Y vine a esta casita en el bosque, que era de mi abuelo. En ese momento era sólo un granero, y por lo tanto nunca había traído a nadie. Pasé allí la noche. Al día siguiente cogí un avión y me fui a África. ¿Es posible? Sí, porque como médico, estuve allí hace poco en una investigación experimental que estábamos haciendo en un pueblo.
Pero nunca me había quedado a conocer a los habitantes, había estado siempre en la clínica, estudiando, investigando. Lloré durante todo el viaje. Cuando aterricé, vi a esta mujer venir hacia mí. Era tan guapa. Mira Elena, yo nunca había visto tal belleza en los gestos, en la sonrisa, en los ojos. Pero su punto fuerte era la simpatía, un don que nunca había considerado importante para una mujer. Ella reía, reía siempre a carcajadas. Y así me enamoré: después de dos días de irme de casa. Yo, mira me tiembla la voz mientras hablo, tengo que agradecer ser un “loco cornudo” porque si no no habría conocido a Anita, no habría conocido a mi África, donde vuelvo cada año, no habría vuelto aquí, no habría

reformado nuestra casa para convertirla en nuestro pequeño hogar cada vez que volvíamos de nuestras misiones. Elena, lo que te quiero decir es que es importante tener tu propia realidad, pero también es importante vivir en este mundo, hacer que sea tuyo, disfrutar al máximo esta vida que tienes el don de poder observar con ojos inteligentes, con astucia, con sinceridad, con bondad. Ten siempre un libro en la mano, eso es justo, pero mientras lo aguantas, ve a descubrir el mundo. Es inútil guardar rencor por este lugar. ¡Piensa en mí! ¡Yo nunca pensé que iba a volver! Y en cambio, hice mi casa y aquí es donde cuidé a mi Anita hasta que dejó de respirar.
Y a la pregunta que ya sé que me harás: – Entonces vete tú también a redescubrir el mundo- yo te contesto que yo ya lo he descubierto y ya lo he vivido, después de la muerte de Anita he estado lejos durante años, pero ahora he decidido volver. Lo único que me hace sentir bien es estar aquí leyendo, tocando el piano y escuchando la voz de Anita cantando. Ella es la que canta esta canción. Escucha esa voz… Pero tú no. Tienes que mirar las cosas de manera diferente. ¡Eres inteligente, capaz y tú también estás loca! Eres la indicada para ponerse en juego. Sal, descubre, aprende y ama.” “Quizás soy un poco cobarde.” “Pero qué dices… eres joven. Coge esto y allí lo encontrarás todo.” Dicho esto Gianni empezó a tocar, a tiempo con las canciones de Anita. Elena cogió el cuaderno que le había dado y se puso a leerlo al lado de la puerta. Era el diario de viaje de Gianni a África. Justo cuando estaba a punto de comenzar la lectura vió una sombra acercarse. “¿Qué haces aquí?” era Marcello. Nunca se habían hablado. Elena respondió intrigada: “La verdadera pregunta es qué haces tú aquí.” Gianni gritaba sin parar de tocar: “¿Marcello, eres tú? ¡Elena te presento a mi sobrino!” Elena abrió los ojos, Marcello no entendió mucho pero le preguntó enseguida: “¿Ese es el diario de mi tío? ¿Cómo es que nunca me dejó leerlo? Déjame ver, ¿puedo?” Y con la voz de Anita, la música de Gianni, los dos chicos se sentaron juntos y empezaron a leer juntos, de vez en cuando mirándose y sonriendo. Qué extraño es el destino.

Pubblicato da Grandi Storielle

Siamo sei ragazze, Carola, Celia, Hannah, Livia, Morena e Sara che si sono conosciute in Erasmus a Chambéry e hanno ora deciso di mettere a disposizione la loro piccola ma grande arte per tutti.

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