Mamá África

La madre está sentada en una silla tambaleante. Las manos están cruzadas en el vientre. La cara está cansada, las arrugas alrededor de la boca son ligeramente pronunciadas y descienden por la barbilla como aplastadas por la gravedad. El peso es algo que se siente. El peso de una espalda acostumbrada a arquearse demasiadas veces y con demasiada frecuencia: para trabajar, para coger a su niño en brazos. Su vendaje es colorido: una tira de círculos y una tira de triángulos; una tira de círculos y una tira de triángulos.
De ese arcoíris de tela salen unas trenzas negras, que se posan suavemente sobre la espalda. Fue andando al colegio, la convocaron para hablar. Está seria, quizás preocupada. Cada vez que la puerta se abre, mira directamente a los ojos de la persona que va a entrar en la habitación. No tiene miedo, las madres aquí no conocen el miedo. Está orgullosa. Para ir al colegio se ha puesto la falda azul y la camiseta roja de manga corta. Se arrepintió de no poder ponerse los zapatos azules. Se puso los negros. No le quedan bien, pero son los únicos que tiene. Los dedos se frotan entre sí, se mueven rápidamente. Los labios carnosos se humedecen al pasar la lengua. Hace calor, hace un calor horrible aquí en Nairobi. Es sofocante: se empapa la ropa, el pelo suda. Pero ella se siente ligera. Seria pero ligera. Y aquí llega su niña. En realidad tiene trece años. Aquí, tener trece años quiere decir ser una mujer. Pero no para ella. Para ella, siempre será su niña. La mamá no se descompone: no la abraza, no le dice nada. Llega el director. El examen ha sido superado con el máximo de la nota. Es una chica con habilidades y un potencial fuera de lo común.
¿Cuánto duele una alegría herida? ¿Cuán terrible es un final feliz que no tiene consecuencias? Maldito el día en el que se decidió que el arcoíris no puede salir sin lluvia. Maldito ese día. Entonces el vendaje de colores sacude la cabeza; una sonrisa se abre paso entre las arrugas y la frente se relaja. Está feliz, pero en sus ojos se ve que se trata de una felicidad amarga. El regusto pesa: es otra carga que hay que llevar sobre esa espalda curva. Se levanta, da las gracias y sale con su hija. Saluda a todos, compuesta. Su integridad y su orgullo le permiten no pasar desapercibida. Todos se dan la vuelta para mirarla, mientras ella piensa que no debería haber usado esos zapatos negros. Pero, por desgracia, eran los únicos que tenía. Salen de la escuela. Solo hay silencio. Las lágrimas llegan a los ojos de la madre, que sigue sin descomponerse. La hija está feliz pero tranquila. No hace falta hablar: saben que esa buena nota no va a cambiar el futuro. Saben que no hay dinero para seguir con los estudios. No hay necesidad de añadir nada más. Y así se sigue adelante, se vuelve a casa bajo el sol africano, hasta que se acercan las amigas de la hija. La felicitan: ha sido la mejor del examen final. La mejor, como siempre. La mamá retrocede para ver la escena. Sus ojos ahora amanecen, mientras su cabeza, ya cansada, oscurece detrás de aquella inmensa colina: es su joroba, de la cual por un instante, el peso de la vida ha desaparecido.

Pubblicato da Grandi Storielle

Siamo sei ragazze, Carola, Celia, Hannah, Livia, Morena e Sara che si sono conosciute in Erasmus a Chambéry e hanno ora deciso di mettere a disposizione la loro piccola ma grande arte per tutti.

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